Una breve introspección (I)
Hurgaré en mi propia conciencia, mis estados de ánimo y mi historia personal para reflexionar por un momento (y por partes):
Nací por parto natural cerca de la 1:15 am en el Hospital Regional de Loreto, un 2 de noviembre de 1990. Me cuenta mi querida madre que, desde el 31 de octubre, empezó a sentir fuertes contracciones y que muy probablemente hubiera nacido ese día o al día siguiente. Sí, el día de Halloween o el día de los muertos (los santos difuntos, como le dicen). Pero nací en el día de San Martín de Porres, quizás mi santo favorito, aunque no sea de mi devoción tanto como la Virgen Inmaculada o la Virgen de la Puerta. Y de allí mi segundo nombre. Además, soy Jerson, por el personaje de una telenovela brasileña famosa en Perú en esos tiempos, que, a decir verdad, no se cómo se llama (la telenovela) ni me ha interesado indagar sobre tal personaje. Fue un viernes, y me enteré que nací ese día hace poco, gracias a las miles de suscripciones que tengo en todo tipo de páginas web y aplicaciones móviles actuales, donde piden registrar tu fecha de nacimiento mediante un calendario que explora todo el siglo XX. El saber el día de mi nacimiento fue una curiosidad que la tuve por años, pero que, sin querer, me enteré gracias a la actual tecnología y a internet, muy gratamente sorprendido. Debe ser por eso que los viernes son mis días favoritos, mis días de liberación, desde que inicia hasta la luz del sábado; muy distinto a los martes, que la mayoría de las veces los siento como los más densos, aburridos y hasta tristes. A veces pienso que moriré un martes, no se bajo qué circunstancias (en realidad, nadie lo sabe), pero es probable.
No provengo de cuna de oro, ni plata, ni bronce, y siempre agradezco a la vida por eso. Soy feliz de tener a la familia que tengo y a los amigos de infancia que tuve. Es el primer paquete de vida, el que se me consignó al nacer y, sobre eso, uno no decide, simplemente lo acepta, sin saberlo. Me siento más Vásquez que Orbe, porque crecí en el seno de los Vásquez y, actualmente, soy lo que soy por ellos, pero uso mi otro apellido para presentarme, por no ser muy común y por que la gente me reconozca con más facilidad. Nada más. No he sido muy vinculado a la familia de mi padre, de quien no se nada hace más de 15 años, no por ingrato, sino porque a él no parece interesarle. Pero el hogar de los Vásquez me es suficiente y supone mi motivo de ser grande. Mi primera imagen de raciocinio, aquella que siempre recuerdo con mucho amor, fue cuando mi segunda mamá, mi abuela Eva (esposa de Luis Vásquez, mi padre-abuelo, el patriarca), me enseñaba el abecedario. No se qué edad tenía en aquel entonces, 2 ó 3, tal vez. O menos. Estábamos en su cama y me señalaba las letras con su dedo mientras las pronunciaba. Y recuerdo el sonido de su sonrisa y su voz suave. Lo más probable es que yo no repitiera ni entendiera nada, pero ahí estaba ella, regalándome mi primer encuentro con el mundo y con la educación. En ese momento fui consciente, por primera vez, de la vida, sin saber qué era y sin hacerme preguntas fundamentales como quién soy y qué hago aquí. Es el tiempo de la más dulce inocencia y solo se juega, se aprende, se vive...
Martín Orbe.

Comentarios
Publicar un comentario